Abril 28, 2020.

Cogí el micrófono, tenía algunas palabras que debían escuchar:
—Muchos dicen que vivo del ayer, pero es que es imposible sobrellevar el presente, y tienen razón, detesto que ya no estés y prefiero vivir soñando un paraíso en el que estás junto a mí.
Todos murmuraban y me señalaban. Yo los ignoré, tenía mucho por decir.
—Te hice muchas promesas, pero una de las que no pude cumplir fue el cuidarte siempre. Quisiera que estuvieses aquí y poder cumplir la otra: Traerte a esta noche y tener nuestro primer baile; no pudo ser.
            Algunas personas se arremolinaban, intentaban estar delante y ver quién ocasionaba todo ese alboroto.
—Muchos me dijeron luego de un tiempo, que debía olvidarte y seguir adelante. ¿Cómo pueden si quiera insinuar algo semejante, son acaso seres que carecen de sentimientos? No lograba entenderlo. Cómo podían pedir imposibles a un simple mortal. Como si los sentimientos pudiesen controlarse a voluntad.
            Hice una pausa breve y continúe:
—Te extraño y duele que ya no estés aquí. Este mundo es sucio, inmoral y lleno de envidia. Me arrebató lo único bueno que tenía. Mi corazón está en pedazos ahora, ¿ese es el precio de estar vivo?  No entiendo por qué la gente buena tiene que irse, son olvidados muy de prisa, no quiero más de esto, estoy realmente harto de tener que fingir que todo está bien, de decirle a todos que todo va bien y que, si estoy comiendo, que no llevo sin poder dormir días y que cuando lo hago solo te veo llamándome. No lo entenderían. Abro los ojos y te quiero buscar, pero no estás, ese lugar al que partiste no puedo ir, aunque ganas no me faltan.
            Vi a la directora acercarse, pero fue detenida por mis únicos dos amigos.
—Todo esto que digo será olvidado mañana, así como ella también es parte del pasado para todos. Solo la seguiré recordando yo y cada noche al acostarme la llamaré y sonará el buzón, podré oírla una vez más. Lloraré y lamentaré su partida. Quién podría juzgarme, ¿ustedes? Ustedes no solo saben murmurar y criticar. Irse de fiesta y emborracharse. ¿Creen que tienen el derecho a decirme algo?
            Sequé mis lagrimas y bajé del escenario. Quise decir más, pero estaba embriagado de rabia al recordar que hasta sus amigas hablaban de ella solo para conseguir que les presten atención. Vi a varias personas grabando lo sucedido, no me importa. Algún día les tocará a ellos y yo no actuaré igual.
—¿Vamos a casa? —Me preguntó Leo (uno de mis amigos).
—¿Te sientes mejor? —Preguntó Ángelo.
—Sí. —Les respondí. Me quité el saco y empecé a caminar junto a ellos— Vamos a casa.
            Al llegar a casa, me despedí de mis amigos y me encontré con la situación de siempre. Fui a mi habitación y te llamé nuevamente.
—¡Hola! —Escuché, luego de contar ocho veces el timbre y me envíe al buzón— Soy Mainell y ahora no puedo responder tu llamada, estoy en clases o con mi novio —Oigo mi voz de fondo diciendo “Presente” y tus risas, para luego decir—: Deja tu mensaje y te llamaré cuando pueda.
            Hice lo mismo varias veces.
Recordé cuando éramos felices y nada más importaba. Recordé cuando te llamaba por la noche y hablábamos hasta quedarnos dormidos. Recordé las veces en las que pasaba por tu aula y te veía sonriendo con tus amigas y girabas a verme. Recordé cuando me dejabas notas en mi maleta y las leía mientras te sonrojabas y querías huir. Recordé esos momentos en los que te abrazaba y te besaba, y no existía nadie más en el universo que nosotros.
Fui deslizando el filo de una navaja sobre mis muñecas y me dejé llevar. Pude ver, mientras me acostaba, a mis amigos por la ventana, tratando de abrir la puerta y rompiendo la ventana, llamando a alguien por el móvil. Era tarde. Te vi a mi lado, sentada y todo a mi alrededor se iba difuminando, mis ojos se cerraban. Permanecía recostado sobre tus piernas y empecé a sonreír; al fin algo bueno sucedería: Te volvería a ver...

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