Enero 03, 2020

Entonces él la vió. Ella dormía de manera plácida en su lecho, lucía jodidamente hermosa, no solo por su desnudez, sino por lo que lograba transmitir sin siquiera saberlo.
—¡Demonios! —Pensó él, quién a su vez iba acercándose hacia ella, con claras intenciones de arroparla del frío de la noche—. Podría quedarme aquí viendola día y noche y no me cansaría. Es tan perfecta...

Ella estaba en su décimo sueño, no se enteraba de qué delante de ella había una persona dispuesta a todo por ella, alguien que la amaba como quizá nadie lo hará, pero no estaba enterada de nada, absolutamente nada.
—Descansa, preciosa. —Susurró él mientras se vestía, estuvo tan cerca de ella que podía sentir su respiración—. Te veré mañana, mi amor.

Ambos despertaron casi a la misma hora, salvo que había una pequeña diferencia: Él despertó feliz, excesivamente feliz. Ella en cambio, despertó con dolor de cabeza y algo mareada. No entendía por qué las últimas semanas se despertaba tan tarde, no era habitual en ella. Hizo caso omiso y siguió con su día como si nada hubiese pasado.  A pesar de ser una ex estrella de cine, solía hacer sus compras ella misma, es cierto ya no la reconocían tanto como hace años atrás, pero eso le confortaba, pues su decisión era precisamente por ese motivo. Solo quería tener una vida común y corriente.
Llegada la noche, hizo lo de siempre, ver una serie, cenar y luego dormir. Minutos después de asearse, estaba profundamente dormida en su cama.
 —Buenas noches, mi reina. —Dijo él con ironía. Sabía perfectamente lo que sucedía. Se iba acecandoa ella, acostándose a su lado y  susurrándole al oído, como solía hacerlo—.  ¿Otra vez dormida tan pronto?
—Todo sería más sencillo si el mundo supiera de lo nuestro.Tal vez así podríamos ser felices. Tal vez de ese modonadie nos molestaría y podríamos, podríamos...


Sus palabras cesaron, él no supo que decir, las palabras eran como piedras en su garganta. Cada palabra que ella decía era como lanzas romanas dirigidas a su torso. El cerebro le estaba por estallar.
Ella despertaba o tal vez nunca estuvo dormida.
 —Qu... Quién eres tú? —Preguntó un poco aturdida. Empezaba a recobrar los sentidos y a entender lo que estaba sucediendo—. ¡¿Qué haces aquí?!
 —Tranquila —Empezó a decirle él, mientras iba acercándose y ella empezaba a alejarse—. ¿No me reconoces? Mírame.

Fue entonces cuando el terror se apoderó de ella, trató de safarse de él.
—¡¿Tú?! —Exclamó ella, buscando distraídamente algo en su mesa de noche. Tapándose con las sábanas—.
Te he visto antes —Mintió ella, para ganar tiempo—. Pero, ¿qué haces aquí? ¿Cómo sabes en dónde vivo?
—Yo te he visto muchas veces. —Confesó él—. Te he visto tantas veces que hasta perdí la cuenta. Si le sumas las veces en las que habitaste mis sueños, serían casi infinitas...

Habían pasado unos pocos minutos. La puerta y los cristales de la ventana salieron volando. Segundos después le apuntaban con armas y él acorralado por oficiales, sin oposición se rinde.
Es llevado con grilletes en las muñecas para ser juzgado.

—No hablaré con nadie que no sea ella. —Obejtó él ante la incesantes preguntas que le hacían—. No importa cuánto me presione, no obtendrá nada. Solo le confesaré todo a ella. Diganle eso a su abogado.

—No quiero verlo. —Exclamó ella. Notáblemente enfadada, casi al borde de las lágrimas—. ¿Cómo me puedes pedir eso?
—No fui yo, es petición de él. Está dispuesto a confesar todo, pero pide que seas tú a quién se lo diga todo. Solo hablará contigo y nadie más. —Añadió el abogado—. Este caso está ganado, pero él podría apelar la decisión por falta de pruebas y podría salir libre con una orden de alejamiento.
—Ni hablar, eso sería peor. —Dijo totalmente aterrorizada—. Me vigilaría por todos lados.

A la mañana siguiente se vieron las caras. Una pared transparente los separaba y la única manera de comunicarse era usando las bocinas de un teléfono ubicado al lado.
—Hola. —Dijo él, haciéndole un gesto cordial con la mano y le sonreía. Pero ella no lo quería ver, ni siquiera a través de sus gafas oscuras—. ¿Hola?
—[...] —No quería coger la bocina del teléfono. Tenía lo que oiría. Pero debía hacerlo—. Hola.
—¿Dormiste bien? —Preguntó él. Casi en un tono paternal—. Te ves como si no hubieras dormido nada.
—¡Solo di lo que tenías que decir! —Dijo ella enérgicamente. Mientras él la observaba con suma atención a través del cristal—. Acabemos con esto de una buena vez.
—¿Qué es lo que quieres saber?
—¿Desde cuándo?
—¿Desde cuándo, qué?
—¿Desde cuándo me espías y cómo hiciste para entrar en mi casa?
—Desde que te conocí aquel día en el súpermercado. Lo de tu casa fue complicado, tuve que seguirte por casi 2 meses para saber tus hábitos, a qué hora salías y entrabas de tu casa, qué lugares solías frecuentar —Confesó él, mientras ella lo veía atónita y casi al borde de las lágrimas. Pero él prosiguió. Aún tenía mucho que decir—. Ayudo mucho que no tuvieras mascotas.
—¿A qué te refieres? —Preguntó ella—. ¿Eso que tiene que ver?
—Ellos son guardianes.Si los cuidas y amas desde que son pequeños, te son leales y serán los más fieros guardianes. Si estás en peligro, ellos darán la vida por ti. Yo tengo uno, uno que me debe estar extrañando en casa ahora mismo. No trates de comprender el por qué lo hice, solo hay un motivo y ese es que estoy enamorado de tí. Sé que mi manera de actuar no era la correcta, sé también que no hay marcha atrás. Y no, no estoy loco ni nada de esas tonterías que podrían adjudicarme. Y no, no te preocupes, nunca te toqué, siempre fui "respetuoso" contigo, solo me sentaba a admirar tu belleza. Tal vez mi única locura fue el adorarte cuando ni sabías de mi existencia. Tal vez solo debí acercarme y hablarte, pero, ¿que estrella de cine le hace caso a un simple trabajador de un súpermercado? Ninguna. No estoy justificando lo que hice. Sé también que ellos están grabando toda la conversación—Dijo él señalando a los oficiales que estaban a unos metros detrás de ella—. Buscando cualquier detalle para encerrarme en una prisión de máxima seguridad o en un manicomio. Solo quisiera pedirte algo...
—¿Pedirme algo? —Preguntó ella, algo confundida por todo lo que acababa de oír—. ¿Que es?
—¿Puedes cuidar a mi muchacho? —Dijo él mientras sacaba una fotografía del bolsillo de su camisa naranja—. Se llama Bracko. Es muy educado y cariñoso.

Ambos se pusieron de pie. Ella estaba consternada. Él muy nervioso. Los oficiales se acercaban, ya tenían la confesión y por sus caras, estaban listos para cruzar el pasadiso y entrar hacia el otro lado para llevárselo a suy celda.
—Algo más. —Dijo él—. De no haber sido así, ¿habrías salido conmigo? 
—Cuidaré bine de Bracko. Y... —Empezó a decirle mientras se lo llevaban y el sostenía en teléfono con ambas manos, esperando su respuesta y sonreía al oírla—. Lo más probable es que sí habría salido contigo...


















































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